JOSÉ ZORRILLA
 
 

  DON JUAN TENORIO  

 

Aquí está don Juan Tenorio,
y no hay hombre para él. 
Desde la princesa altiva 
a la que pesca en ruin barca  
no hay hembra a quien no suscriba, 
y a cualquier empresa abarca, 
si en oro o valor estriba. 

Búsquenle los reñidores; 
cérquenle los jugadores; 
quien se aprecie que le ataje, 
a ver si hay quien le aventaje 
en juego, en lid o en amores.

Esto escribí, y en medio año, 
no hay escándalo ni engaño 
en que no me hallara yo. 
Por donde quiera que fui, 
la razón atropellé, 
la virtud escarnecí, 
a la justicia burlé 
y a las mujeres vendí. 
Yo a las cabañas bajé, 
yo a los palacios subí, 
yo los claustros escalé, 
y en todas partes dejé 
memoria amarga de mí. 

No reconocí sagrado, 
ni hubo ocasión ni lugar 
por mi audacia respetado; 
ni en distinguir me he parado 
al clérigo del seglar. 
A quien quise provoqué, 
con quien quise me batí, 
y nunca consideré 
que pudo matarme a mí 
aquel a quien yo maté.

 
    

 

ORIENTAL

Corriendo van por la vega
a las puertas de Granada
hasta cuarenta gomeles
y el capitán que los manda. 

Al entrar en la ciudad,
parando su yegua Blanca,
le dijo éste a una mujer
que entre sus brazos lloraba:
"Enjuga el llanto, cristiana,
no me atormentes así,
que tengo yo, mi sultana,
un nuevo Edén para ti.
Tengo un palacio en Granada.
tengo jardines y flores,
tengo una fuente dorada
con más de cien surtidores.  
Y en la vega del Genil
tengo parda fortaleza,
que será reina entre mil
cuando encierre tu belleza.
Y sobre toda una orilla
extiendo mi señorío;
ni en Córdoba ni en Sevilla
hay un parque como el mío.  

Allí la altiva palmera
y el encendido granado,
junto a la frondosa higuera,
cubren el valle y collado.
Allí el robusto nogal,
allí el nópalo amarillo,
allí el sombrío moral
crecen al pie del castillo.
Y olmos tengo en mi alameda
que hasta el cielo se levantan,
y en redes de plata y seda
tengo pájaros que cantan.  

Sultana serás si quieres
que desiertos mis salones
está mi harén sin mujeres,
mis oídos sin canciones.
Yo te daré terciopelos
y perfumes orientales
de Grecia te traeré velos,
y de Cachemira chales.
Yo te daré blancas plumas
para que adornes tu frente,
mas blancas que las espumas
de nuestros mares de Oriente;
y perlas para el cabello,
y baños para el calor,
y collares para el cuello,
para los labios ¡AMOR!"  

"¿Qué me valen tus riquezas
respondióle la cristiana,
si me quitas a mi padre,
mis amigos y mis damas?
Vuélveme, vuélveme, moro,
a mi padre y a mi patria.
que mis torres de León
valen más que tu Granada".  

Encuchóla en paz el moro,
manoseando su barba.
dijo, como quien medita,
en la mejilla una lágrima:
"Si tus castillos mejores
que nuestros jardines son,
y son más bellas tus flores,
por ser tuyas en León,
y tú diste tus amores
a alguno de tus guerreros.
hurí del Edén, no llores,
vete con tus caballeros".  
Y dándola su caballo
y la mitad de su guardia,
el capitán de los moros
volvió otra vez la espalda.

     

Sombra ultrajada, perdona
si tu sueño interrumpí,
que mi atrevimiento abona
lo poco que soy de mi,
lo mucho que es tu corona.
Mis ojos te quieren ver,
pero cuanto más te miran,
más imposible ha de ser.
¡Su lumbre van a perder
ojos que por ti deliran!    

¡Amor!, esa fantasía
vaporosa y encantada,
selva escondida, empapada
de armonía y de placer;
santuario de la ventura,
magnífico paraíso
donde ir vagando es preciso
tras un fantástico ser.


Un ser que huye y se engalana
con los colores del viento,
y se nos muestra un momento
en fugitiva ilusión,
y un ser que a pocos contenta
cuando por fin alcanzado 
deja el oropel prestado
y descubre el corazón.


¡Feliz quien halla en su centro
fresco pabellón tranquilo
de reposo, y no da asilo
en él a la vanidad!
La vanidad, luz fosfórica
que ilumina los espejos,
y causa con sus reflejos
del alma la ceguedad.