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Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos
y ahonden surcos en tu prado hermoso,
tu juventud, altiva vestidura,
será un andrajo que no mira nadie.
Y si por tu belleza preguntaran,
tesoro de tu tiempo apasionado,
decir que yace en tus sumidos ojos
dará motivo a escarnios o falsías.
¡Cuánto más te alabaran en su empleo
si respondieras : - " Este grácil hijo
mi deuda salda y mi vejez excusa ",
pues su beldad sería tu legado!
Pudieras, renaciendo en la vejez,
ver cálida tu sangre que se enfría.
Derrochador de encanto, ¿por qué gastas
en ti mismo tu herencia de hermosura?
Naturaleza presta y no regala,
y, generosa, presta al generoso.
Luego, bello egoísta, ¿por qué abusas
de lo que se te dio para que dieras?
Avaro sin provecho, ¿por qué empleas
suma tan grande, si vivir no logras?
Al comerciar así sólo contigo,
defraudas de ti mismo a lo más dulce.
Cuando te llamen a partir, ¿qué saldo
podrás dejar que sea tolerable?
Tu belleza sin uso irá a la tumba;
usada, hubiera sido tu albacea.
Cuando pienso que todo lo que crece
su perfección conserva un mero instante;
que las funciones de este gran proscenio
se dan bajo la influencia de los astros;
y que el hombre florece como planta
a quien el mismo cielo alienta y rinde,
primero ufano y abatido luego,
hasta que su esplendor nadie recuerda:
la idea de una estada tan fugaz
a mis ojos te muestra más vibrante,
mientras que Tiempo y Decadencia traman
mudar tu joven día en noche sórdida.
Y, por tu amor guerreando con el Tiempo,
si él te roba, te injerto nueva vida.
¿Cómo puedo elogiarte con modestia
cuando tú eres de mí la mejor parte?
¿Qué me puede otorgar mi propio elogio
y qué hago con tu elogio sino el mío?
Vivamos separados, y que pierda
su nombre de indiviso nuestro amor,
para que pueda darte, al separarnos,
lo que mereces tú, tú solamente.
¡Oh ausencia, cuál sería tu suplicio,
si tu amarga quietud no nos dejara
burlar al tiempo en el amor pensando,
engaño dulce del pensar y el tiempo,
y no enseñaras a hacer dos con uno,
aquí elogiando a quien está distante!
No creeré en mi vejez, ante el espejo,
Mientras la juventud tu edad comparta;
Sólo cuando los surcos te señalen
Pensaré que la muerte se aproxima.
Si toda la hermosura que te cubre
Es el ropaje de mi corazón,
Que vive en ti, como en mí vive el tuyo,
¿Cómo puedo ser yo mayor que tú?.
Por eso, amor, contigo sé prudente,
Como soy yo por ti, no por mi mismo;
Tu corazón tendré con el cuidado
De la nodriza que al pequeño ampara.
No te ufanes del tuyo, si me hieres,
Pues me lo diste para no volverlo.
Que los favorecidos por los astros
De honores y de títulos se ufanen;
Yo, que la suerte priva de esos triunfos,
Hallo mi dicha en lo que más venero.
Los favoritos de los grandes príncipes
Abren al sol sus hojas cual caléndulas,
Y su orgullo sepultan en sí mismos
Pues los abate un ceño que se frunce.
El célebre guerrero laborioso,
Derrocado una vez tras mil victorias,
Es del libro de honores suprimido
Y de su gesta lo demás se olvida.
Feliz de mí, que amando soy amado,
Y ni cambiar ni ser cambiado puedo.
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