ELEGÍA
La alegría apagada de los años
turbulentos
pesada es para mí; mas como el
vino,
mientras pasan los años me da
más embriaguez.
Mi camino es sombrío. Labores
y dolor
me promete el agitado mar del
porvenir.
Pero, amigos, aún no quiero
morir.
Quiero vivir, para pensar,
para sufrir.
Y sé que entre penas,
ansiedades y congojas
me aguardan placeres todavía:
a veces gozaré las armonías;
a veces lloraré ante una
visión,
y quizás en la tristeza de mi
ocaso,
el amor lucirá su sonrisa de
adiós.
YO VAGUÉ POR LAS CALLES
BULLICIOSAS
Ya vague por las
calles bulliciosas,
ya penetre en el templo populoso,
ya me rodeen alocados jóvenes,
en mis ensueños sigo estando absorto.
Me digo: pasarán
raudos los años
y por muchos que aquí nos encontremos,
todos iremos a la eterna fosa
y para alguno ya llegó su tiempo.
Cuando contemplo el
roble solitario,
este patriarca de los bosques -pienso-
sobrevivió al cruel siglo de mis padres
y sobrevivirá a este siglo nuestro.
Cuando acaricio a una
tierna criatura
pienso que es hora ya de despedirme:
te cedo el puesto, florecer te toca,
y para mí ya es hora de pudrirme.
Cada día que pasa,
cada hora,
me he acostumbrado a ejercitar la mente,
e intento adivinar cuál de entre ellos
será el aniversario de mi muerte.
Y ¿dónde me enviará la
muerte el Hado?
¿En la guerra, en el mar, como viajero?
¿O si acaso será el valle vecino
el que reciba mis helados restos?
Y aunque para mi
cuerpo inanimado
dónde se descomponga igual le sea,
yo, más cercano a mi solar querido,
de ser posible, reposar quisiera.
Y que a la entrada
misma de mi tumba
una juvenil vida jugar pueda,
y que Naturaleza indiferente
con su eterna hermosura resplandezca.