ROMANCERO
 
 
 

    Pensativo estaba el Cid 
    viéndose de pocos años 
    para vengar a su padre 
    matando al conde Locano 
    miraba el bando tímido 
    del poderoso contrario 
    que tenía en las montañas 
    mil amigos asturianos; 
    miraba cómo en las cortes 
    del rey de León Fernando 
    era su voto el primero, 
    en guerra su mejor brazo; 
    todo le parece poco 
    respecto de aquel agravio, 
    el primero que se ha hecho 
    a la sangre de Layn Calvo; 
    al cielo pide justicia, 
    y a la tierra pide campo, 
    y al viejo padre licencia, 
    y a la honra esfuerzo y brazo; 
    no cura de su niñez, 
    que en naciendo está obligado 
    a morir por casos de honra 
    el hijo del hijo dalgo. 

    Descolgó una espada vieja 
    de Mudarra el castellano 
    que estaba vieja y mohosa 
    con la muerte de su amo, 
    y pensando que ella sola 
    bastaba para el descargo, 
    antes que se la ciñesse 
    ansí le dice turbado: 

     

    Haz cuenta, valiente espada, 
    que es de Mudarra mi brazo 
    y que con mi brazo riñes, 
    porque mío es el agravio. 
    Bien sé que te correrás 
    de verte asida en mi mano, 
    mas no te podrás correr 
    de volver atrás un passo; 
    tan fuerte como tu acero 
    me verás en campo armado; 
    tan bueno como el primero 
    segundo dueños has cobrado; 
    y cuando alguno te venza, 
    con él me quieras casare, 
    que quien tanto mal me hizo 
    quizá algún bien me harae. 

     

    El rey, vista la presente, 
    el Cid envió a llamare, 
    que venga sobre seguro, 
    que lo quiere perdonare. 
     
     

   
 

Morir vos queredes, padre, 
San Miguel os haya el alma, 
mandastes las vuestras tierras 
a quien se vos antojara, 
a don Sancho de Castilla, 
Castilla la bien nombrada, 
a don Alfonso  a León 
y a don García a Vizcaya. 
A mí, porque soy mujer, 
dexaysme desheredada: 
yrme yo por esas tierras 
como una mujer errada, 
y este mi cuerpo daría 
a quien se me antojara, 
a los moros por dineros 
y a los christianos de gracia; 
de lo que ganar pudiere 
haré bien por la vuestra alma. 
 
 
 

Calledes, hija, calledes, 
no digades tal palabra, 
que mujer que tal decía 
merescía ser quemada. 

 

Allá en Castilla la Vieja 
un rincón se me olvidaba; 
Zamora había por nombre, 
Zamora la bien cercada; 
de una parte la cerca el Duero, 
de otra, Peña Tejada, 
del otro, la Morería, 
¡una cosa muy preciada! 
¡quien vos la tomare, hija! 
la mi maldición le cayga! 
Todos  dicen amen, amen, 
Sino don Sancho que calla 
 

 
 
 

 ROMANCES HISTÓRICOS
ROMANCE DEL REY DON PEDRO EL CRUEL
 
 

     

Por los campos de Xerez 
a caza va el rey don Pedro: 
en llegando a una laguna, 
allí quiso ver un vuelo. 

vido volar una garza 
desparole un sacre nuevo, 
remontárale un neblí, 
a sus pies cayera muerto; 
a sus pies cayó el neblí, 
túvolo por mal agüero. 

 

Tanto volaba la garza, 
paresce llegar al cielo. 
Por donde la garza sube 
vio baxar un bulto negro; 
mientras más se acerca el bulto, 
mas temor le va poniendo; 
con el abaxarse tanto 
paresce llegar al suelo; 
delante de su caballo 
a cinco passos de trecho; 
dél salió un pastorcico, 
sale llorando y gimiendo; 
la cabeza desgreñada, 
revuelto trae el cabello, 
con los pies llenos de abrojos 
y el cuerpo lleno de vello; 
en su mano una culebra 
y en la otra un puñal sangriento; 
en el hombro una mortaja, 
una calavera al cuello; 
a su lado de traílla 
traía un perro negro; 
los aullidos que daba 
a todos ponían miedo, 
a grandes voces decía; 
 
 

Morirás, el rey Don Pedro, 
que mataste sin justicia 
los mejores de tu reyno, 
mataste a tu propio hermano 
el maestre, sin consejo, 
y desterraste a tu madre, 
a Dios  darás cuenta dello. 


Tienes presa a doña Blanca, 
enojaste a Dios por ello, 
que si torna sa quererla 
darte ha Dios un heredero, 
y si no, sepas por cierto 
te vendrá desmán por ello; 
serán malas las tus hijas 
por tu culpa y mal gobierno; 
y tu hermano don Enrique 
te habrá de heredar en reyno; 
morirás a puñaladas, 
tu casa será un infierno. 

Todo esto recontado, 
Despareció el bulto negro.

 
 
 
 
    ROMANCES FRONTERIZOS 

    DE DON ENRIQUE DE GUZMAN  (1436) 

    Dadme nuevas, caballeros, 
    nuevas me querades dar 
    de aquese conde de Niebla, 
    don Enrique de Guzmán, 
    que hace guerra a los moros, 
    y ha cercado a Gibraltar. 
    Veo hoy lutos en mi corte, 
    ayer vi fiestas muy grandes: 
    o el príncipe es fallecido, 
    o alguno de mi sangre, 
    o don Alvaro de Luna, 
    el maestre y condestable. 

    No es muerto, señora, el principe; 
    mas ha fallecido un grande, 
    que veredes a los moros 
    cuán poco vos temerán, 
    que a éste sólo temían 
    y no osaban saltear. 

    Es e buen conde de Niebla 
    que se ha  anegado en el mar; 
    por acorrer a los suyos, 
    nunca se quiso salvar; 
    en un batel donde venía 
    le hicieron trastornar, 
    socorriendo un caballero 
    que se le iba a anegar. 

    La mar andaba tan alta 
    que no se pudo escapar, 
    teniendo cuasi ganada 
    la fuerza de Gibraltar. 

    Llorándole todas las damas, 
    galanes otro que tal, 
    llórale gente de guerra 
    por ser tan buen capitán, 
    llóranle duques y condes, 
    porque a todos sabía honrar. 

    ¡Oh qué nuevas me traedes, 
    caballeros, de pasar! 
    Vístanse  todos de jerga 
    no se hagan fiestas más, 
    vaya luego un mensajero, 
    venga su hijo don Juan; 
    confirmalle he lo del padre, 
    más le quiero acrecentar, 
    y de Medina Sidonia 
    duque le hago de hoy más, 
    que a hijo de tan buen padre 
    poco galardón se da. 
     

 
 
ROMANCES CAROLINGIOS (Siglo XV-XVI)
 
 
 
     
     
     

ROMANCE DE LA LINDA MELISENDA 
 
 

Todas las gesten dormían 
en las que  Dios había parte; 
mas no duerme Melisenda, 
la hija del emperante, 
que amores del conde Ayuelos 
no la dejan reposar. 
Salto diera de la cama 
Como la parió su madre; 
vistiérase una alcandora 
no hallando su brial; 
vase para los palacios 
donde sus damas están; 
dando palmadas en ellas 
las empezó a llamar: 
Si dormides, mis doncellas, 
si dormides, recordad; 
las que sabedes de amores 
consejo me queráis dar; 
las que de amor non sabedes 
tengádesme poridad 
amores del conde Ayuelos 
no me dejan reposar. 

Allí hablara una vieja, 
vieja es de antigua esas: 
placer vos querades dar, 
que si esperáis a vejez 
no vos querrá un rapaz. 

Desque esto oyó Melisenda, 
empezó de caminar; 
vase para los palacios 
donde al conde ha de hallar, 
a sombra va de tejados 
que no la conosca nadie. 

Encontró con Fernandinos 
el aguacil de su padre. 
¿Qué es aquesto, Melisenda? 
Esto ¿qué podría estar? 
¡o vos tenéis mal de amores 
o os queréis loca tornar! 
Que no tengo mal de amores 
Ni tengo por quién penar, 
mas cuando yo era pequeña 
tuve una enfermedad; 
prometí tener novenas 
allá en san Juan de Letrán; 
las dueñas iban de día, 
doncellas agora van. 

Desque esto oyera Fernando 
puso fin a su hablar; 
la infanta, mal enojada, 
queriendo dél se vengar: 

Pretásesme, ora, Fernando, 
pretásesme tu puñal, 
que miedo me tengo, miedo, 
de los perros de la calle. 

Tomó el puñal por la punta, 
los cabos le  fuera a dar; 
diérale tal puñalada 
que en el suelo muerto cae. 

Allí murió Fernandinos, 
el aguacial de su padre; 
y ella toma su camino 
donde el conde ha de hallar; 
las puertas halló cerradas, 
no halla por dónde entrar; 
con arte de encantamiento 
ábrelas de par en par; 
siete antorchas que allí arden 
todas las fuera a apagar. 

Despertado se había el conde 
Con un dolor atán grande: 
¡Ay, válasme, Dios del cielo 
y Santa María su madre! 
¿si serán mi enemigos 
que me vienen a matar, 
o eran los mis pecados 
que me vienen a tentar? 

La Melisenda discreta 
le empezara  de hablar: 
Yo no so tus enemigos 
que te vienen a matar, 
ni eran los tus pecados 
que te vienen a tentar; 
mas era una morica, 
morica de allén la mare; 
mi cuerpo tengo tan blanco 
como un fino cristal; 
mis dientes tan menudicos, 
menudos como la sal; 
mi boca tan colorada 
como un fino coral. 

Allí fablaba el buen conde, 
tal respuesta le fue a dar; 
Juramento tengo hecho 
y en un libro misal, 
que mujer que a mi demande 
nunca mi cuerpo negalle, 
si no era a la Melisenda, 
la hija del emperante. 

Entonces la Melisenda 
comenzolo a besar 
y en las tinieblas oscuras 
de Venus es su jugar. 
Quando vino la mañana, 
que haría alborear, 
hizo abrir las sus ventanas 
por la morica mirar; 
vido que era Melisenda 
y empezole de hablar: 
¡Señora, cuán bueno fuera 
a esta noche yo me matar, 
antes que haber cometido 
aqueste tan grande mal! 
Fuérase al emperador 
por habérselo de contar; 
las rodillas por el suelo, 
le comenza de hablar; 

Una nueva vos traía 
dolorosa de contar; 
mas catad aquí mi espada 
que en mí lo podréis vengar; 
que esta noche Melisenda 
en mis palacios fue a entrar, 
siete antorchas que allí ardían 
todas las fuera a apagar; 
díxome que era morica, 
morica de allén la mar 
y que venía conmigo 
a dormir y a folgar 
y entonces yo, desdichado, 
cabe mí la dexé echar. 

Allí fabló el emperador, 
tal respuesta  le fue a dar: 
Tira, tira allá tu espada, 
que no te quiero Fer mal; 
mas si tú la quieres, conde, 
por mujer se te dará. 
Pláceme, dixera el conde, 
pláceme de voluntad; 
lo que vuestra alteza mande 
viesme aquí a vuestro mandar.. 
Hacen venir un obispo 
Para habellos de desposar; 
ricas fiestas se hicieron 
con mucha solemnidad.