PABLO NERUDA
 
 

 
AMOR  

      Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte  

        la leche de los senos como un manantial,

        por mirarte y sentirte a mi lado y tenerte

      en la risa de oro y la voz de cristal.  

      Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos  
      y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,  

        porque tu ser pasara sin pena al lado mío  
        y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-. 

         

        Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría  

          amarte, amarte, como nadie supo jamás!  

            Morir y todavía  
            amarte más.  

              Y todavía  
              amarte más  

                y más.  
                  
                 

 
 
 

AQUÍ TE AMO

En los oscuros pinos se desenreda el viento. 
Fosforece la luna sobre las aguas errantes.  
Andan días iguales persiguiéndose.  

 

Se desciñe la niebla en danzantes figuras.  
Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.  
A veces una vela. Altas, altas estrellas.  

 

O la cruz negra de un barco.  
Solo.  
A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.  
Suena, resuena el mar lejano.  
Este es un puerto.  


Aquí te amo.  

Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.  
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.  
A veces van mis besos en esos barcos graves,  
que corren por el mar hacia donde no llegan.  

 

Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.  
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.  
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.  
Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.  

 

Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.  
Pero la noche llega y comienza a cantarme.  
La luna hace girar su rodaje de sueño.  

 

 

Me miran con tus ojos las estrellas mas grandes.  
Y como yo te amo, los pinos en el viento,  
quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.  

 

 

 

Me gustas cuando callas porque estás como ausente, 
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. 
Parece que los ojos se te hubieran volado 
y parece que un beso te cerrará la boca.  

Como todas las cosas están llenas de mi alma 
emerges de las cosas, llena del alma mía. 
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma, 
y te pareces a la palabra melancolía.  

Me gusta cuando callas y estás como distante. 
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo. 
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza: 
déjame que me calle con el silencio tuyo.  

Déjame que te hable también con tu silencio 
claro como una lámpara, simple como un anillo. 
Eres como la noche, calada y constelada. 
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo. 
 
Me gustas cuando callas porque estás como ausente. 
Distante y dolorosa como si hubieras muerto. 
Una palabra entonces, una sonrisa bastan. 
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

 
 

 

Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.
El río anuda al mar su lamento obstinado.

Abandonado como los muelles en el alba.
Es la hora de partir, oh abandonado!

Sobre mi corazón llueven frías corolas.
Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos!

En ti se acumularon las guerras y los vuelos.
De ti alzaron las alas los pájaros del canto.

Todo te lo tragaste, como la lejanía.
Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio!

Era la alegre hora del asalto y el beso.
La hora del estupor que ardía como un faro.

Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,
turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio!

En la infancia de niebla mi alma alada y herida.
Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!

Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.
Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio!

Hice retroceder la muralla de sombra,
anduve más allá del deseo y del acto.

Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí,
a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto.

Como un vaso albergaste la infinita ternura,
y el infinito olvido te trizó como a un vaso.

Era la negra, negra soledad de las islas,
y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.

Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta.
Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.

Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme
en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!

Mi deseo de ti fue el más terrible y corto,
el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.

Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas,
aún los racimos arden picoteados de pájaros.

Oh la boca mordida, oh los besados miembros,
oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.

Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo
en que nos anudamos y nos desesperamos.

Y la ternura, leve como el agua y la harina.
Y la palabra apenas comenzada en los labios.

Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo,
y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio!

Oh, sentina de escombros, en ti todo caía,
qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron!

De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste.
De pie como un marino en la proa de un barco.

Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes.
Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo.

Pálido buzo ciego, desventurado hondero,
descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!

Es la hora de partir, la dura y fría hora
que la noche sujeta a todo horario.

El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa.
Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.

Abandonado como los muelles en el alba.
Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.

Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.
Es la hora de partir. Oh abandonado!
 

 

 

Quiero que sepas
una cosa.

Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.

Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.

Si de pronto
me olvidas
no me busques,
que ya te habré olvidado.

Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida
y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día,
a esa hora
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.

Pero
si cada día,
cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.
Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos.
 

 

En los bosques, perdido, corté una rama oscura 
y a los labios, sediento, levanté su susurro: 
era tal vez la voz de la lluvia llorando, 
una campana rota o un corazón cortado. 

Algo que desde tan lejos me parecía 
oculto gravemente, cubierto por la tierra, 
un grito ensordecido por inmensos otoños, 
por la entreabierta y húmeda tiniebla de las hojas. 

Pero allí, despertando de los sueños del bosque, 
la rama de avellano cantó bajo mi boca 
y su errabundo olor trepó por mi criterio 

como si me buscaran de pronto las raíces 
que abandoné, la tierra perdida con mi infancia, 
y me detuve herido por el aroma errante. 

 

 

Matilde, nombre de planta o piedra o vino, 
de lo que nace de la tierra y dura, 
palabra en cuyo crecimiento amanece, 
en cuyo estío estalla la luz de los limones. 

En ese nombre corren navíos de madera 
rodeados por enjambres de fuego azul marino, 
y esas letras son el agua de un río 
que desemboca en mi corazón calcinado. 

Oh nombre descubierto bajo una enredadera 
como la puerta de un túnel desconocido 
que comunica con la fragancia del mundo! 

Oh invádeme con tu boca abrasadora, 
indágame, si quieres, con tus ojos nocturnos, 
pero en tu nombre déjame navegar y dormir. 

 

Amo el trozo de tierra que tú eres, 
porque de las praderas planetarias 
otra estrella no tengo. Tú repites 
la multiplicación del universo. 

Tus anchos ojos son la luz que tengo 
de las constelaciones derrotadas, 
tu piel palpita como los caminos 
que recorre en la lluvia el meteoro. 

De tanta luna fueron para mí tus caderas, 
de todo el sol tu boca profunda y su delicia, 
de tanta luz ardiente como miel en la sombra 

tu corazón quemado por largos rayos rojos, 
y así recorro el fuego de tu forma besándote, 
pequeña y planetaria, paloma y geografía. 

 





Para que tú me oigas 
mis palabras 
se adelgazan a veces 
como las huellas de las gaviotas en las playas. 

Collar, cascabel ebrio 
para tus manos suaves como las uvas. 

Y las miro lejanas mis palabras. 
Más que mías son tuyas. 
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras. 

Ellas trepan así por las paredes húmedas. 
Eres tú la culpable de este juego sangriento. 

Ellas están huyendo de mi guarida oscura. 
Todo lo llenas tú, todo lo llenas. 

Antes que tú poblaron la soledad que ocupas, 
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza. 

Ahora quiero que digan lo que quiero decirte 
para que tú las oigas como quiero que me oigas. 

El viento de la angustia aún las suele arrastrar. 
Huracanes de sueños aún a veces las tumban. 

Escuchas otras voces en mi voz dolorida. 
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas. 
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme. 
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia. 

Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras. 
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas. 

Voy haciendo de todas un collar infinito 
para tus blancas manos, suaves como las uvas.