ANTONIO MACHADO
 
 
 

Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio de un campo verde,
hacia el azul de las tierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.  

Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.  

¡Era tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...
Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!

Caminante son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar. 
 
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
has de volver a pisar. 
 
Caminante, no hay camino,
sino estelas en el mar.  

 

 

Desnuda está la tierra,
y el alma aúlla al horizonte pálido
como loba famélica. ¿Qué buscas,
poeta, en el ocaso?.
 
Amargo caminar, porque el camino
pesa en el corazón. ¡El viento helado,
y la noche que llega, y la amargura
de la distancia!... 

En el camino blanco  
algunos yertos árboles negrean;
en los montes lejanos
hay oro y sangre... 
El sol murió... 
¿Qué buscas,
poeta, en el ocaso?.

 

 

Amada, el áurea dice 
tu pura veste blanca... 
No te verán mis ojos; 
¡mi corazón te aguarda! 

El viento me ha traído 
tu nombre en la mañana; 
el eco de tus pasos 
repite la montaña... 

No te verán mis ojos; 
¡mi corazón te aguarda! 
En las sombrías torres 
repican las campanas... 
No te verán mis ojos; 
¡mi corazón te aguarda! 

Los golpes del martillo 
dicen la negra caja; 
y el sitio de la fosa, 
los golpes de la azada... 
No te verán mis ojos; 
¡mi corazón te aguarda!

 

COPLAS ELEGÍACAS  

¡Ay del que llega sediento 
a ver el agua correr, 
y dice: la sed que siento 
no me la calma el beber! 

¡Ay de quien bebe y, saciada 
la sed, desprecia la vida: 
moneda al tahúr prestada, 
que sea al azar rendida! 
Del iluso que suspira 
bajo el orden soberano, 
y del que sueña la lira 
pitagórica en su mano. 

¡Ay del noble peregrino 
que se para a meditar, 
después de largo camino 
en el horror de llegar! 

¡Ay de la melancolía 
que llorando se consuela, 
y de la melomanía 
de un corazón de zarzuela! 

¡Ay de nuestro ruiseñor,
si en una noche serena 
se cura del mal de amor 
que llora y canta sin pena! 

¡De los jardines secretos, 
de los pensiles soñados, 
y de los sueños poblados 
de propósitos discretos! 

¡Ay del galán sin fortuna 
que ronda a la luna bella; 
de cuantos caen de la luna, 
de cuantos se marchan a ella!  

De quien el fruto prendido 
en la rama no alcanzó, 
de quien el fruto ha mordido 
y el gusto amargo probó! 

¡Y de nuestro amor primero 
y de su fe mal pagada, 
y, también, del verdadero 
amante de nuestra amada!  

Anoche cuando dormía 
soñé, ¡bendita ilusión!, 
que una fontana fluía 
dentro de mi corazón.
 
Di, ¿por qué acequia escondida, 
agua, vienes hasta mí, 
manantial de nuestra vida 
de donde nunca bebí? 

Anoche cuando dormía 
soñé, ¡bendita ilusión!, 
que una colmena tenía 
dentro de mi corazón; 

y las doradas abejas 
iban fabricando en él, 
con las amarguras viejas, 
blanca cera y dulce miel. 

Anoche cuando dormía 
soñé, ¡bendita ilusión!, 
que un ardiente sol lucía 
dentro de mi corazón.
 
Era ardiente porque daba 
calores de rojo hogar, 
y era sol porque alumbraba 
y porque hacía llorar. 

Anoche cuando dormía 
soñé, ¡bendita ilusión!, 
que era Dios lo que tenía 
dentro de mi corazón.

  

 
 
 
MANUEL MACHADO
 
 
 

EL QUERER 
   
En tu boca roja y fresca 
beso y mi sed no se apaga, 
en cada beso quisiera 
beber entera tu alma.
   
Me he enamorado de ti 
y es enfermedad tan mala, 
que ni la muerte la cura, 
bien lo saben los que aman.
 
Loco me pongo si escucho 
el ruido de tu falta, 
y el contacto de tu mano 
me da la vida y me mata.
 
Yo quisiera ser el aire 
que todo entero te abraza; 
yo quisiera ser la sangre 
que corre por tus entrañas.
 
Son las líneas de tu cuerpo 
el modelo de mis ansias, 
el camino de mis besos 
y el imán de mis miradas.
 
Siento al ceñir tu cintura 
una duda que me mata, 
que quisiera en un abrazo 
todo tu cuerpo y tu alma.
 
Estoy enfermo de ti, 
de curar no hay esperanza, 
que en la sed de este amor loco 
tú eres mi sed y mi agua.
 
Maldita sea la hora 
en que penetré en tu casa, 
en que vi tus ojos negros 
y besé tus labios grana.
 
Maldita sea la sed 
y maldita sea el agua... 
Maldito sea el veneno 
que envenena y que no mata.

 

 

 

 

LA AUSENCIA

 

No tienes quien bese  
tus labios de grana  
ni quien tu cintura elástica estreche  
dice tu mirada.

 

No tiene quien hunda  
las manos amantes  
en tu pelo hermoso, y a tus ojos negros  
no se asoma nadie.

 

Dice tu mirada
que de noche a solas  
suspiras y dices en la sombra tibia  
las terribles cosas...  

 

Las cosas de amores  
que nadie ha escuchado,  
esas que se dices los que bien se quieren  
a eso de las cuatro. 

 

A eso de las cuatro  
de la madrugada,  
cuando invade un poco de frío la alcoba  
y clarea el alba.  

 

Cuando yo me acuesto  
fatigado y solo  
pensando en tus labios de grana, en tu pelo  
y en tus negros ojos. 

 

Diciendo la copla:  
A eso de las cuatro  
como tenía a mi compañerita  
dormida en mis brazos.