JOSÉ HIERRO

 

EPITAFIO PARA LA TUMBA DE UN HÉROE

Se creía dueño del mundo 
porque latía en sus sentidos. 
Lo aprisionaba con su carne 
donde se estrellaban los siglos. 
Con su antorcha de juventud 
iluminaba los abismos.

Se creía dueño del mundo: 
su centro fatal y divino. 
Lo pregonaba cada nube, 
cada grano de sol o trigo. 
Si cerraba los ojos, todo 
se apagaba, sin un quejido. 
Nada era si él lo borraba 
de sus ojos o sus oídos.

Se creía dueño del mundo 
porque nunca nadie le dijo 
cómo las cosas hieren, baten 
a quien las sacó del olvido, 
cómo aplastan desde lo eterno 
a los soñadores vencidos. 

Se creía dueño del mundo 
y no era dueño de sí mismo.

  

CABALLERO DE OTOÑO

Viene, se sienta entre nosotros, 
y nadie sabe quién será, 
ni por qué cuando dice nubes 
nos llenamos de eternidad.

Nos habla con palabras graves 
y se desprenden al hablar 
de su cabeza secas hojas 
que en el viento vienen y van. 

Jugamos con su barba fría. 
Nos deja frutos. Torna a andar 
con pasos lentos y seguros 
como si no tuviera edad.

Él se despide. ¡Adiós! Nosotros 
sentimos ganas de llorar.

 

 

LAMENTACIÓN

¡Hemos tenido tantas cosas
que decir, y no se dijeron!
Prodigiosas palabras jóvenes
para herir los oídos viejos.

Maravillosas melodías,
cantos inéditos.
Hemos cantado todos juntos
y hemos llorado en el silencio.

Aprendimos muy dura ciencia
a costa de los propios sueños.
¡Hemos tenido tantas cosas
que decir, y no se dijeron!
¡Memos salvado tan alegres
los sombríos presentimientos!
Hemos amado cada tallo,
cada frío harapo de invierno,
cada gota de madrugada
con tan loca avidez, sabiendo
que éramos carne de una fábula
que alguien vivía en el misterio!
Tan hermosas canciones! Ráfagas
tan ardientes que nos hirieron.

Música de astros interiores
que nacían en nuestro reino.
Flautas tañidas, en la tarde,
por las manos vagas del sueño.

¡Y tantas limpias hermosuras
como cayeron!
Y girar sin fin en el alba
con la oscura palabra dentro,
con el cantar a flor de vida
ignorando el remoto término.

¡Hemos tenido tantas cosas
que decir, y no se dijeron!
Y miramos cómo en el aire
vuela la música sin dueño,
sin que podamos apresaría
con nuestros torpes instrumentos.

 

 

 

Marzo, lo siento, ya no me conmueve
tu pasar, al -perdida la estructura
sentimental- sentirte forma pura
entre mis dedos pálidos de nieve.

Yo no sé qué ha perdido tu relieve,
qué fatal, invisible arquitectura
de risas. qué alegría, qué hermosura,
qué poema de cañas cuando llueve.

Delgado manantial de sensaciones,
lo siento, marzo, pero no supones
ya nada para mí. No sé si todo

lo que yo te he pedido me lo has dado,
no sé por qué. si no me has defraudado,
marzo, desde hoy te miro de otro modo.