GIOCONDA BELLI
 

Gioconda Belli se dio a conocer como poeta en 1970. En 1972 ganó el Premio de Poesía de la Universidad Nacional de Nicaragua por su libro «Sobre la grama». En 1978, su segundo libro, «Línea de fuego», ganó el Premio Casa de las Américas en Cuba. Entre 1982 y 1987 publicó otros tres poemarios: «Truenos y arco iris» (1982), «Amor insurrecto» (1985) y «De la costilla de Eva» (1987). Su primera novela, «La mujer habitada», se publicó en 1988 y ese mismo año fue traducida a varios idiomas, convirtiéndose en un éxito editorial en Europa. En Alemania ganó el Premio a la Mejor Novela Política del Año (1989) y el Premio Ana Seghers. En 1990 y 1996 se publicaron otras dos novelas suyas, «Sofía de los Presagios» y «Waslala». En 1987 publicó «El taller de las mariposas», un cuento infantil, y en 1998 otro libro de poemas, «Apogeo». «El país bajo mi piel» se publica simultáneamente en seis países.

 

 

YO LA QUE TE QUIERE 
  
Yo soy tu indómita gacela, 
el trueno que rompe la luz sobre tu pecho.  
Yo soy el viento desatado en la montaña 
y el fulgor concentrado del fuego del ocote.
  
Yo caliento tus noches,  
encendiendo volcanes en mis manos, 
mojándote los ojos con el humo de mis cráteres.

Yo he llegado hasta vos vestida de lluvia  
y de recuerdo, riendo la risa inmutable de los años.   
Yo soy el inexplorado camino, 
la claridad que rompe la tiniebla.
  
Yo pongo estrellas entre tu piel 
y la mía y te recorro entero, sendero tras sendero, 
descalzando mi amor, desnudando mi miedo.
  
Yo soy un nombre que canta y te enamora 
desde el otro lado de la luna, 
soy la prolongación de tu sonrisa y tu cuerpo.
  
Yo soy algo que crece, algo que ríe y llora.  
Yo, la que te quiere...

 

CÓMO PESA EL AMOR

Noche cerrada
ciega en el tiempo
verde como luna
apenas clara entre las luciérnagas.

Sigo la huella de mis pasos,
el doloroso retorno a la sonrisa,
me invento en la cumbre adivinada
entre árboles retorcidos.

Sé que algún día
se alzarán de nuevo
las yemas recién nacidas
de mi rojo corazón,
entonces, quizás,
oirás mi voz enceguecedora
como el canto de las sirenas;
te darás cuenta
de la soledad;
juntarás mi arcilla,
el lodo que te ofrecí,
entonces tal vez sabrás
cómo pesa el amor
endurecido.

 

LOS PORTADORES DE SUEÑOS 

En todas las profecías 
está escrita la destrucción del mundo. 
Todas las profecías cuentan 
que el hombre creará su propia destrucción. 

Pero los siglos y la vida 
que siempre se renueva 
engendraron también una generación 
de amadores y soñadores, 
hombres y mujeres que no soñaron 
con la destrucción del mundo, 
sino con la construcción del mundo 
de las mariposas y los ruiseñores. 

Desde pequeños venían marcados por el amor. 
Detrás de su apariencia cotidiana 
guardaban la ternura y el sol de medianoche. 
Las madres los encontraban llorando 
por un pájaro muerto 
y más tarde también los encontraron a muchos 
muertos como pájaros. 
Estos seres cohabitaron con mujeres traslúcidas 
y las dejaron preñadas de miel y de hijos verdecidos 
por un invierno de caricias. 
Así fue como proliferaron en el mundo 
los portadores de sueños, 
atacados ferozmente por los portadores de profecías 
habladoras de catástrofes. 

Los llamaron ilusos, románticos, pensadores de utopías, 
dijeron que sus palabras eran viejas 
y, en efecto, lo eran porque la memoria del paraíso 
es antigua en el corazón del hombre. 

Los acumuladores de riquezas les temían, 
lanzaban sus ejércitos contra ellos, 
pero los portadores de sueños 
todas las noches hacían el amor 
y seguía brotando su semilla del vientre de ellas 
que no sólo portaban sueños 
sino que los multiplicaban 
y los hacían correr y hablar. 

De esta forma el mundo engendró de nuevo su vida 
como también había engendrado 
a los que inventaron la manera 
de apagar el sol. 

Los portadores de sueños sobrevivieron 
a los climas gélidos, 
pero en los climas cálidos 
casi parecían brotar por generación espontánea. 

Quizá las palmeras, los cielos azules, 
las lluvias torrenciales 
tuvieron algo que ver con esto. 

La verdad es que como laboriosas hormiguitas 
estos especimenes no dejaban de soñar 
y de construir hermosos mundos, 
mundos de hermanos, de hombres y mujeres 
que se llamaban compañeros, 
que se enseñaban unos a otros a leer, 
se consolaban en las muertes, 
se curaban y cuidaban entre ellos, 
se querían, se ayudaban 
en el arte de querer 
y en la defensa de la felicidad. 

Eran felices en su mundo de azúcar y de viento, 
de todas partes venían a impregnarse de su aliento, 
de sus claras miradas. 

Hacia todas partes salían 
los que habían conocido, 
portando sueños, 
soñando con profecías nuevas 
que hablaban de tiempos de mariposas y ruiseñores 
y de que el mundo no tendría que terminar 
en la hecatombe. 

Por el contrario, los científicos diseñarían 
puentes, jardines, juguetes sorprendentes 
para hacer más gozosa la felicidad del hombre. 
Son peligrosos - imprimían las grandes rotativas. 
Son peligrosos - decían los presidentes en sus discursos. 

Son peligrosos - murmuraban los artífices de la guerra. 
Hay que destruirlos - imprimían las grandes rotativas. 
Hay que destruirlos - decían los presidentes en sus discursos. 
Hay que destruirlos - murmuraban los artífices de la guerra. 
Los portadores de sueños conocían su poder, 
por eso no se extrañaban. 

También sabían que la vida los había engendrado 
para protegerse de la muerte que anuncian las profecías 
y por eso defendían su vida aún con la muerte. 

Por eso cultivaban jardines de sueños 
y los exportaban con grandes lazos de colores. 

Los profetas de la oscuridad se pasaban noches 
y días enteros 
vigilando los pasajes y los caminos 
buscando estos peligrosos cargamentos 
que nunca lograban atrapar 
porque el que no tiene ojos para soñar 
no ve los sueños ni de día, ni de noche. 

Y en el mundo se ha desatado un gran tráfico de sueños 
que no pueden detener los traficantes de la muerte; 
por doquier hay paquetes con grandes lazos 
que sólo esta nueva raza de hombres puede ver 
la semilla de estos sueños no se puede detectar 
porque va envuelta en rojos corazones 
en amplios vestidos de maternidad 
donde piececitos soñadores alborotan los vientres 
que los albergan. 

Dicen que la tierra después de parirlos 
desencadenó un cielo de arco iris 
y sopló de fecundidad las raíces de los árboles. 
Nosotros sólo sabemos que los hemos visto, 
sabemos que la vida los engendró 
para protegerse de la muerte 
que anuncian las profecías. 

 

RECORRIÉNDOTE


Quiero morder tu carne
salada y fuerte,
empezar por tus brazos hermosos
como rama de ceibo,
seguir por ese pecho con el que sueñan mis sueños
ese pecho-cueva donde se esconde mi cabeza
hurgando la ternura,
ese pecho que suena a tambores y vida continuada.
Quedarme allí un largo rato
enredando mis manos
en ese bosquecito de arbustos que te crece
suave y negro bajo mi piel desnuda
seguir después hacia tu ombligo
a ese centro donde te empieza el cosquilleo,
irte besando, mordiendo,
hasta llegar allí 
a ese lugarcito
-apretado y secreto-
que se alegra ante mi presencia
que se adelanta a recibirme
y viene a mi
en toda su dureza de macho enardecido.

Bajar luego a tus piernas
firmes como tus convicciones guerrilleras,
esas piernas donde tu estatura se asienta,
con las que vienes a mi
con las que me sostienes,
las que enredas en las noches entre las mías
blandas y femeninas.
Besar tus pies, amor,
que tanto tienen que recorrer aún sin mí
y volver a escalarte
hasta apretar tu boca con la mía
hasta llenarme toda de tu saliva y tu aliento
hasta que entres en mí
con la fuerza de la marea
y me invadas con tu ir y venir
de mar furioso
y quedarnos los dos tendidos y sudados
en la arena de las sábanas. 

 

DESCOBIJÉMONOS   

¡Descobijémonos! 
¡Despojémonos de los artificios! 
Regalémosle al mundo la hermosura de la desnudez,
regalémosle nuestras vidas sin taparrabos.
  
No debemos negarles la verdad a los amigos, 
ni a los enemigos, 
aunque les duela como una llaga en la cara, 
no debemos guardarla.
 
Hay que reventarla con determinación en sus caminos, 
sembrándoles la gran interrogación,
echándoles a revolotear la inquietud del insomnio 
y el desconcierto; 
aquello de desenredar la madeja de hilo enmarañado 
hasta el agotamiento o el compromiso, 
hasta la inmortalidad o la muerte.

 

LA ETERNA PREGUNTA 
 
La eterna pregunta de la identidad:
ser o no ser
Dejarse ir
o quedarse en esta orilla, 
en la seguridad, 
o ir allá donde el paisaje se adivina frondoso, 
se percibe 
y casi nos parece oler las flores del otro lado 
y nos vamos embriagando del olor presentido 
que nos va penetrando, 
y son las flores, las enredaderas, 
el agua del otro lado que nos está sonando en la memoria 
con su olor a mando, 
y es ese sentir que el corazón está próximo a estallar 
(el olor del malinche, las explosiones del malinche), 
los faunos, 
un día que se va, 
un día que pudimos haber estado al otro lado 
y no estuvimos.