ANTONIO MACHADO

 

Escritor Sevillano, nació en esta ciudad en 1875. Se trasladó siendo muy niño a Madrid. A los 32 años va a Soria como catedrático de Lengua Francesa. Su vuelta a Madrid, fue motivada por el fallecimiento de su esposa, pero por ser partidario del bando  republicano, tuvo que exiliarse a Francia en 1939, donde muere al poco tiempo.

 

Cultivó la obra dramática junto a su hermano Manuel, aunque lo más conocido de este autor son sus obras dedicadas a Castilla. Esta fue su temática preferida y, es una obra de poesía honda y sentida. Carece de los adornos del modernismo. Sus poemas están coleccionados en tres libros principales: Soledades, galerías y otros poemas (con recuerdos de infancia); Campos de Castilla (entre cuyos poemas se encuentra el dramático romance La tierra de Alvargonzález); Nuevas canciones (tejido de reflexiones íntimas).

 

 

Antonio Machado es "el poeta" por excelencia de la generación del 98.

 

Leyendo un claro día

mis bien amados versos,

he visto en el profundo

espejo de mis sueños

que una verdad divina

temblando está de miedo,

y es una flor que quiere

echar su aroma al viento.

 

El alma del poeta

se orienta hacia el misterio.

Sólo el poeta puede

mirar lo que está lejos

dentro del alma, en turbio

y mago sol envuelto.

 

En esas galerías,

sin fondo, del recuerdo,

donde las pobres gentes

colgaron cual trofeo

el traje de una fiesta

apolillado y viejo,

allí el poeta sabe

el laborar eterno

mirar de las doradas

abejas de los sueños.

 

Poetas, con el alma

atenta al hondo cielo,

en la cruel batalla

o en el tranquilo huerto,

la nueva miel labramos

con los dolores viejos,

la veste blanca y pura

pacientemente hacemos,

y bajo el sol bruñimos

el fuerte arnés de hierro.

 

El alma que no sueña,

el enemigo espejo,

proyecta nuestra imagen

con un perfil grotesco.

 

Sentimos una ola

de sangre, en nuestro pecho,

que pasa... y sonreímos,

y a laborar volvemos.

 

 

CAMINOS

De la ciudad moruna

tras las murallas viejas,

yo contemplo la tarde silenciosa,

a solas con mi sombra y con mi pena.

 

El río va corriendo,

entre sombrías huertas

y grises olivares,

por los alegres campos de Baeza.

 

Tienen las vides pámpanos dorados

sobre las rojas cepas.

Guadalquivir, como un alfanje roto

y disperso, reluce y espejea.

 

Lejos los montes duermen

envueltos en la niebla,

niebla de otoño, maternal; descansan

las rudas moles de su ser de piedra

en esta tibia tarde de noviembre,

tarde piadosa, cárdena y violeta.

 

El viento ha sacudido

los mustios olmos de la carretera,

levantando en rosados torbellinos

el polvo de la tierra.

La luna está subiendo

amoratada, jadeante y llena.

 

Los caminitos blancos

se cruzan y se alejan,

buscando los dispersos caseríos

del valle y de la sierra.

Caminos de los campos…

¡Ay, ya no puedo caminar con ella!