DOLOR

 

LITURGIA  (Ojos de agua)

“Ponme como sello sobre tu corazón…

pues fuerte es el amor como la muerte”

(Cantar de los Cantares)

 

He visto una muchacha enfurecida con los pliegues de su falda.

Parecía una liturgia de pájaros, estrellas matutinas,

mil flores blancas junto a otras imágenes.

 

Allí guardaba lo que habita su cabeza:

desvaríos mojados sin sentir,

amaneceres sin asilo,

fragmentos de techos derrocados,

viudos de sensaciones frente al Apocalipsis de la vida.

 

(Mañana, es un futuro distante amanezca o no.

En él se descompondrá otro pequeño porcentaje de los sueños,

un edema saturado de nostalgias que nunca expiran.

Soñar parece superfluo,

un mito,

una aberración)

 

Y hoy, la muchacha se enfurece.

No tiene sino el frío que la destruye y reverbera la sal que la desquicia.

Olfatea en busca de altares sin difamar para depositar su obsequio:

Manzanas frescas contra el hambre de la homilía.

Claridades que pierdan su aroma permanente y opaca,

instantes de júbilo entre piedra y árbol.  

 

 

 

VAIVENES SIMULADOS 

 

Tengo el alma en vaivenes simulados,

olas sin fe ni gratitud.

Cada respiro es un “pero” en el camino,

eclipse en vano porque no luce el sol.

 

Ni el principio ni el fin tienen comienzo,

son una broma absurda, encadenada

donde siempre encuentra el ocaso su hospedaje.

 

Guardo de esta comedia diferentes vestuarios

y en mis dedos, anillos sin diamantes.

Me asiste el beneficio de la duda…

  - quizás no tenga alma –

 

 

UNA MUJER LLORA

Una mujer llora
y no lo sabes.
Crees que es una
madera seca
y no te turbas.
Pero me ha dicho
el mar:
que de sufrir
y de querer
se ha vuelto agua.

Su desdicha
no llorará el entierro.
Ya lo ha llorado todo
anteriormente.
Se entregará al espacio,
allá donde viven
las estrellas,
donde los montes de oro
acaricien su cabello.

Una mujer llora
y cantará:
sobre la lívida
cara del ocaso.
Sobre los errores
de la hermosura
y la belleza,
con un grito
de hielo en su garganta;
sin saber
si ha vivido,
o era un sueño.

 

DURA

Dura, dura, dura...
no existe armadura alguna
que proteja el corazón.
Un caos para el alma,
una botella para la inconsciencia,
un suspiro, y
un dolor.

Locura que es sin nombre,
la que se sigue amando
y el cuerpo allí tirado
frente al triste rincón.
El tiempo tiene las manos tan pequeñas,
que la sumisión inmensa
que muestra el enamorado
no la puede sujetar.

Y las rosas te clavan sus espinas,
y te das cuenta de que no hay nadie,
dura, dura ...
y se hace profundo el silencio,
y has de buscar armadura.
Quitas y pones esperanza
de una manera insegura,
dura, dura ...
y allí la mano se pierde
sin que te pueda rozar.