PARA LOS VIVOS
Hoy querría meditar en
solitario, elegir un nuevo hilo y avanzar.
Caer del árbol (quizás del
columpio) que la infancia tornó barro.
Y no es por nada; solamente
porque noto, al llegar el alba,
sonidos entusiasmados en el
hueco de mis pálpitos.
Sigo viva y, no por eso,
mañana llevará más agua el río.
Para los vivos, existen
dolores borrados a deshora.
Uno se acostumbra a recordar
hasta que, al final,
la rigidez de la nuca te
acuna como la canción de Orfeo.
Sonidos líricos que entre sus
sombras se mutilan.
Pasado que atraviesa la
sonrisa: solo, cansado, único.
Sube la luz de los pies a la
boca. Traza un “te quiero” irreverente,
ancho topacio del arco iris
que busca entre la tierra tu sabor
tantas veces consumido en el
subsuelo, amarronado meteoro
que ha de explotar en
transparencias y follajes de furia.
Qué dilema, perder la luna
donde quedaron impresas tus huellas,
entregarse a una literatura
que al nacer, hace daño.
Un día, que no existe, está a
punto de asomar,
y al dormitar la tarde
despertará su luz.
Quien navegue a la deriva
volverá a quebrarse,
yacerá entre la nada sin
saber
a qué mesa invitaremos a los
sueños
si en breves momentos se
tornan lampos.
Fraguo un camino para
abrirles el dintel:
por ellos en sí,
por el cielo que persiguen,
por su incienso palmario.
Mi sonrisa gime a través de
esas auroras sin nombre.
Reclinada en el momento
partiré con la íntima incógnita,
cubriendo con un cálido velo
mi perfume de mujer
antes de que las horas se
queden inmóviles
y las carencias se vuelvan
amalgama.
Antes de que la languidez me
fecunde las entrañas:
sola, entre árboles y
claveles,
desnuda al impulso de una
mínima emoción.
