DISTINTOS MOMENTOS Y LUGARES

PRESENTACIÓN DE: "OJOS DE AGUA"

MAYO-JUNIO 2005

 

Centro Cultural Buena Vista

 

 

 

SAN FERNANDO (CÁDIZ)

 

BARCELONA

 

 

 

PRESENTACIÓN DEL POEMARIO “OJOS DE AGUA” , POR JOSÉ A. MARTÍNEZ PRIOR

 Hogar Extremeño, 18/06/05

 Señoras, señores, y amigos todos:

 Hace algún tiempo tuve el gusto de presentar en esta misma sala el poemario de Victoria Pereira “Lía”, “Versos para él”, un canto al amor, tanto físico como espiritual. Me referí allí a la forma como la poeta quedaba colgada de esa presencia, sin la cual flotaba; cómo en el otro, en el junguiano “ánimus” quedaba cifrada toda su realización como ser terrestre.

 Hoy el escenario, con este otro poemario que tengo en las manos, “Ojos de agua”, hace un giro de muchos grados, y no tanto para cambiar de tema, cuanto para ahondar en algunas sugestiones ya presentes allí. Sugestiones imbricadas en un post-existencialismo, ajeno, si queremos, a las preocupaciones teóricas del heidegeriano o sartriano, pero no por ello menos incurso en la problemática que ellos y otros explicitaban. Porque la vida humana, como tal, ya es problema, y la vida humana instalada en un horizonte terrestre, no ya sólo problema, sino angustia vital.

 

 La poeta, podemos decir, desciende aquí un tanto del mundo entre el éxtasis y la angustia que flotaba allí. La vida lastra, y el envés de los sueños reclama su parcela. El amor y la pasión, como los fuegos de artificio, asciende, explota, y cae mansamente como una lluvia de cenizas. El arte, o la sabiduría, está en convertir las cenizas en perlas, en sublimar el dolor y la decepción. Victoria Pereira transita esa angustia, pugnando con esta labor de orfebre. Los contenidos fluyen en poemas libremente estructurados, mixtura en muchos casos de prosa y verso, donde la cadencia lo es todo; fluyen como un rumor de aguas remansadas, pero pleno de corrientes internas donde emerge el grito y la noche de los deseos, la rebeldía y las decepciones.

 Ya he pagado horrores y tristezas

Con la esperanza de mi alba siniestrada;

 dice.

 El planteamiento existencialista se visualiza en una imagen trágicamente plástica. El hombre es un ser arrojado a la vida, como un actor es lanzado sobre las tablas de un teatro. Y una vez esto acontece, que es el nacer, como podríamos decir parafraseando a Manrique, el ser humano puede tener o no tener libertades concretas, con una excepción: no puede no actuar. Haga lo que haga, elija lo que elija, actúa. Y ese actuar implica los roles de la vida, tanto los elegidos como los impuestos por la condición previa en que hemos sido arrojados, o nacidos. La condición de ser mujer marca un rol ineludible para “Lía” que, desde esa premisa, ha de encarar la encarnación de sus otros roles y su forma peculiar de enfrentarse con ellos; ansiedad y crítica; esperanza y nihilismo, en maridajes difíciles y crípticos. Así, por un lado, es entrega y deseo desesperado del “otro”, abandono a un  soñado carpe diem, que nunca acaba de concretarse, porque el tiempo muestra descaradamente su esencia y el “otro” se esfuma en la ausencia y la traición*. Por otro, lo más lúcido del poemario, en mi opinión, y en el obligado actuar cabe incluso la crítica contra la actuación, emerge en el repliegue hacia la crítica-análisis de la condición previa de ese vivir que Lía encarna como mujer. El rol lo impone.

 

He aquí unos fragmentos de uno de los poemas más impresionantes de este libro, titulado “Con toda la vida acuestas”:

 

Al enfrentarse a esta empresa, asumimos todo lo que pueda llegar, -¿conformes?, ¿resignadas? -. Hijas, esposas, madres... olvidando el propio yo por el camino.

*

Tienes que ser una señorita.

Tienes que estudiar, trabajar, limpiar, guisar, lavar, planchar, aguantar.

Tienes que parir, sonreír, no dormir, para que los demás puedan hacerlo.

Tienes que cambiar pañales, calentar el biberón, hacer el amor cuando te lo pidan o te lo exijan.

(... ahora vuelvo, mientras arreglas las cosas voy al bar, o a dar una vuelta).

*

A cualquier hora del día,

cuando una tristeza cósmica

te pudre la presencia,

la vida te da una dentellada.

 

No has de estar nunca cansada, aunque el llanto gotee por el césped de tu cuerpo.

  

La condición inicial marca también tragedias íntimas consagradas por una costumbre ancestral. Desde otras ópticas es difícil verlas; pero están ahí, soterradas, como alimañas del alma. Otro profundo poema nos acerca, dentro del omnipresente clima de la soledad, hacia una manera distinta de estar en el escenario. El poema “La puta que lleva dentro” nos introduce en inquietantes reflexiones:

 

Una tarde de Abril, alguien le preguntó: ¿cuándo la calentura pinta tu frente y la nostalgia del aire no te deja soñar...,

dónde, mujer, escancias tu vino,

en qué desoladores brazos

esculpes tu pasión?

 

 Poema que termina con un escalofriante juego de palabras…

 

Baluarte de guerreros y soldados.

Bastión de pescadores y marinos.

Puta,

sólo,

sola,

puta.

 No se puede expresar más plásticamente la contraposición entre un discurrir vital y un estado del alma. El adverbio sólo y el adjetivo sola bailan emparedados entre un sustantivo repetido, para escribir con agudeza de bisturí el abismo vital existente entre la mera comunicación de los cuerpos y de las almas. Los cuerpos pueden intercambiarse repetitivamente, pero la copia promiscua no sirve para colmar el abismo de la soledad, que sólo se sacia cuando el tú es otra alma.

 

 Pero no sólo el rol inicial marca la condición de la mujer. Como gusano roedor, anexo al juego de vivir de la especie, carenado íntimo, la soledad se esculpe. La poeta pugna por evitar el naufragio de esas aguas nadificadoras y se revuelve a golpes de angustia e ira contra esa Citerea soñada, representada por el “otro”, la isla que se aleja o eclipsa, convirtiendo el sueño en decepción.

 

 La poeta exige y se exige, reprocha y se reprocha; se refugia, carenada, en la playa de su isla desierta, sin hacer señales de humo porque, para ella, no puede haber un barco en el horizonte, que la rescate. Desde allí desgrana sus reflexiones que, como el actuar de los buenos actores cinematográficos, no consisten en gesticulaciones vacías, sino en sacar la expresión de lo más hondo.

 

Te muestro mi nihilismo a flor de piel: quizás alguien sobreviva a esta “peste”, no lo sé. La vida es tan difícil como tratar de coger un rayo de luna con las manos. 

O, 

Me senté en la orilla equivocada esperando ver pasar la vida.

 O, 

Ayer era la esperanza; hoy la noche se contiene, entre el grito del mundo y el propio… 

O, 

Es inútil llorar, no hay pruebas,

la diligencia del juicio agota los sentidos.

 

O,

Nunca tendré claro si la justicia es justa.

 

Pero ninguna vivencia es eterna. En el fondo de un impulso, emerge, dialécticamente, su contrario; a veces espontáneo. Es el carpe diem, que se soñó contranatura, que con su carga de deseos incumplidos se filtra de los hondones para emerger un instante y luego despeñarse de nuevo como las cataratas de luces moribundas en los fuegos artificiales. Explota:  

Ríe mandolina: ríe como una loca,

siempre te escucharán donde florezca tu voz. 

E implota, 

El placer se vuelve odio y el alba...

despierta en versos. 

Y se vuelve síntesis: 

Por esa razón, nazco y muero en cada línea. 

 

Tenemos aquí, no ya sólo que un sentimiento engendra su contrario; también que en la vida todo se imbrica; que la vida, como el ave fénix, es un eterno resurgir de las propias cenizas, un retomarlo todo a cada paso, La poeta bascula; está de vuelta, pero no del todo; un paso más allá de la queja enfebrecida a lo Siboney, y al mismo tiempo, aún clavada vivamente en la presencia del otro.

 

No puedo escribir una letra que no te nombre, ni descansa la yegua de mi cuerpo al cabalgarte; dejo mi olor en tu epidermis como si fuese un ramo de gardenias o el azafrán de tu manjar favorito. 

O, 

Quisiera yacer entre tus brazos

como la más querida ramera veneciana,

viendo que el agua de sus canales

se niega a morir ante los ojos,

y mi amor se eterniza en su figura.

 

¿Qué medieval aroma me acompaña?

¿Qué veneno circula por mis venas?

 

A esa escasa distancia

que pone tu boca a mi alcance

lo pagano de mi cuerpo se despierta.

 

O más explícito aún: 

Mis manos te recorren y el jardín de tu pecho se enreda en mis pezones, terrón de azúcar tostada para tus labios. Miro el cielo que nos arropa ensimismada en sus tonos, y hago el amor con los ojos clavados en tu rostro.

 

El viejo éxtasis renace. ¿Recuerdan? No hay desierto sin oasis, ni yermo sin un rincón donde la primavera eclosione en vergeles primordiales:

 

Hoy, vencerá el telón a la tragedia.

¡No despiertes!, ¡sígueme!

Es así como nace la belleza. 

 

Consumida la isla, roto el horizonte, siempre queda el consuelo de los sueños. La literatura, entre otras cosas, es un refugio para navegantes exquisitos. Para el común, siempre existe el enroque, esa prefiguración del seno materno que todos llevamos en el  inconsciente y a donde nos retiramos como el guerrero a los cuarteles de invierno, o el caminante, a la mágica casita del corazón del bosque.

 

 Nos pide que la sigamos, pero ¿adonde? Nos pide que no despertemos, quizá para que la belleza, esa flor efímera, no levante el vuelo de nuestras manos en busca de otras Citereas donde ya no estaremos nosotros, y ¿qué haremos si contra la intemperie de la vida, no somos capaces de refugiarnos en algún jardín interior?... 

 

Desde su playa sin barcos en el horizonte, la poeta no nos da soluciones. Ella nos abre su mundo y nos deja que extraigamos lecciones: esa es nuestra tarea lectores. La poeta no es fácil, no es concesiva; si queremos vivirla hemos de nadar por ella, o más bien diría, bucear. Sólo buceando podremos alcanzarla en su esencia, para extraer lo que nos dice más allá de la anécdota. 

 

Poemario, pues, éste, pienso, para gente que no busca en un libro el entretenimiento fácil, sino la emoción inteligente. Creo que ustedes, que por inteligentes les tengo, me entienden.